Por Espacio Libre México/redacción
Durante años, la derecha mexicana repitió como dogma religioso que aumentar el salario mínimo era una locura económica. Que provocaría inflación descontrolada, fuga de inversiones, quiebras masivas y desempleo. Lo dijeron con solemnidad, con gráficos apocalípticos y con el respaldo de sus “expertos” de siempre. Fallaron. Todos.
Con el aumento del 13% al salario mínimo para 2026, México se coloca hoy entre los países con los salarios mínimos más altos de América Latina, ocupando el cuarto lugar regional. Para dimensionar el cambio: en 2018 México estaba en el lugar 17. No es un ajuste marginal, es un salto histórico.
Este avance no es casualidad ni obra del azar. Es el resultado directo de un cambio de modelo económico iniciado en 2018 con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y continuado por la Cuarta Transformación. Un modelo que decidió romper con la lógica neoliberal que durante décadas mantuvo salarios de miseria como “ventaja competitiva” mientras condenaba a millones de trabajadores a sobrevivir, no a vivir.
El salario dejó de ser variable de ajuste
La 4T hizo lo que los gobiernos anteriores no se atrevieron —o no quisieron— hacer: poner al trabajador en el centro de la economía. Aumentar el salario mínimo ya no fue visto como un riesgo, sino como un acto de justicia social y una palanca de desarrollo.
Los resultados están a la vista:
No hubo colapso económico.
No se espantó la inversión.
No se destruyeron empleos.
Al contrario, México logró crecimiento del salario real, estabilidad macroeconómica y reducción de la pobreza laboral, desmontando una por una las mentiras del viejo régimen.
El fracaso del miedo como política económica
La oposición apostó todo al miedo. Dijo que el país se hundiría si se abandonaba el dogma neoliberal. Hoy, ese discurso está completamente desacreditado. Los datos no solo los contradicen: los humillan.
Pasar del lugar 17 al 4 en salarios mínimos en América Latina no es una anécdota. Es una prueba contundente de que otro modelo económico era posible, uno que no necesitara salarios de hambre para funcionar ni precariedad para ser “competitivo”.
La lección es clara
La Cuarta Transformación demostró que el bienestar no es enemigo de la estabilidad, y que la dignidad laboral no espanta inversiones: las fortalece. México dejó atrás la lógica de competir a base de pobreza y comenzó a construir un país donde el trabajo vuelve a valer.
Por eso incomoda tanto a la derecha. Porque no solo perdió el poder: perdió el relato. Sus pronósticos catastrofistas quedaron archivados junto a su modelo agotado.
México aún tiene retos, sí. Pero una cosa es irreversible: el salario ya no volverá a ser instrumento de explotación institucionalizada. Ese cambio, como tantos otros de la 4T, llegó para quedarse.
